jueves, 7 de agosto de 2008
Ocasiones de peligro, muerte o paraplegia
Eran las doce de la mañana y me encontraba paseando por el plácido lago encantado acompañado por Drako, mi perro pastor alemán. El día estaba lluvioso y hacía frío, unos ocho grados centígrados habían previsto para ese día.
Me encontraba meditando sobre algunos hechos sucedidos últimamente en mi vida cuando sonó un ruido estrepitoso, parecía que un avión se había precipitado al vacío desde una gran altura.
Me asomé a la carretera que pasa próxima al lago, pero no vi nada.
Continué el paseo con mi perro cuando de repente escuché la sirena de la ambulancia y de la policía.
Más tarde me enteré que un coche se había empotrado contra un enorme árbol , debido a lo resbaladizo de la carretera por agua o hielo. En dicho accidente habían fallecido dos personas muy conocidas en la ciudad de Villarrica.
Este hecho me impresionó. Me puse a meditar en el hecho de la muerte y en el lugar y momento en que puede suceder. También pensé las veces en que había estado en peligro y no me había sucedido nada, gracias a Dios.
También meditaba en los distintos tipos de muerte, además de la muerte natural, con la que casi todos soñamos, existen otras más o menos traumáticas. Por ejemplo, yo he estado en distintas situaciones en la que pude haber fallecido, pero escapé de ellas. Entonces me pregunto:
-¿Dónde y cuándo llegará la parca a mi encuentro?
¡Cualquiera sabe! He escapado de momentos muy difíciles y puede ser que de una simple caída o de un resfriado le diga adiós a este mundo. Que por otra parte, es precioso y dgno de ser vivido con absoluto placer.
Si hago un recuento de todas las situaciones de las que escapé de la guadaña, podría empezar de cuando sólo tenía unos pocos meses de vida. Me encontraba muy mal, mis padres me habían llevado al médico en la ciudad. Una vez que éste me reconoció, le comentó a mis padres:
-Este niño tiene una infección en alguna parte de su cuerpo. -Vayan a la farmacia que acaban de descubrir la penicilina, ésta le puede salvar.
Y así fue. Mis padres consiguieron el medicamento recetado por el doctor y escapé por esa vez. Tenía una tremenda infección interior, al fin gran cantidad de pus salió por una axila.
Desde entonces doy gracias a Sir Alexander Fleming por haber descubierto la penicilina. ¨Gracias a él se han salvado millones y millones de personas.
¡Cuántas veces me he salvado de accidentes de tráfico! A pesar de que uno conduce con cuidado, podía enumerar como mínimo de cinco a diez veces que pude perder la vida en ellos.
He corrido riesgos caminando o corriendo por las montañas, por sitios casi inaccecibles.
También me he puesto en peligtro en el mar bañándome mientras enormes olas me sacudían y me envolvían en un manto de espuma y arena. Gracias a que la corriente no me llevó lejos, donde mi carencia de fuerza me hubiera impedido ponerme a salvo. O también pude haberme estrellado contra las rocas.
Una vez faltó poco para electrocutarme, fue tan grande el golpe que me tiró de la silla y reventó los alicates con los que trabajaba.
Otra vez, mientras volaba en un avión desde Munich a Stutgar el avión sufrió una explosión que hasta me despertó. Afortunadamente, pudo llegar a aterriza, la gente casi muere de pánico.
He estado ingresado en el hospital y por lo menos dos veces los médicos me habían desahuciado, pero no me quería morir. Tenía el convencimiento que tenía aún muchas cosas por hacer en este bendito mundo.
Me han intentado agredir y he estado expuesto a situaciones de las que muchos no han podido escapar.
¿Para qué seguir enumerando esas situaciones?
Lo importante es que estoy vivo y que quiero seguir así durante mucho tiempo, intentando no exponerme a situaciones de riesgo y a vivir la vida con el máximo amor y calidad de vida posibles.
¡Que cuando llegará el momento en que tenga que rendir cuentas al Todopoderoso? Sólo Él lo sabe. Desde pequeños mi madre nos enseñó a rezar para que el Señor nos dé una buena muerte. esto es sin sufrimeintos para mí ni para mis familiares y amigos.
¿Leche o té?
A las once de la noche las enfermeras pasan por las habitaciones a invitar a una taza de leche o a una de té.
La enfermera, una señora de unos treinta y cinco o cuarenta años, morena y de ojos negros muy grandes, se acercó a Pancho y le movió un poco, para despertarlo.
-¿Cómo te encuentras?- le preguntó, inclinándose hasta vérsele sus diminutos pechos. Casi no tenía, sólo se le veían unos grandes rosetones negros adornados con unos preciosos pezones.
Pancho se quedó encandilado por ese diminuto, pero gratificante presente que le regalaba a esas horas de la noche.
-Muy bien señorita, gracias- contestó al mismo tiempo que se puso colorado, puesto que ella se percató de la atención que ponía en sus pechos.
-Francisco, ¿qué prefieres, leche o té?
-Una taza de leche, por favor.
Ella se retiró dándole un apretoncito en la mano de cariño y de ánimo, pues le veía en muy mal estado.
Al poco rato ella se presentó con una bandeja con la taza de leche y con unas galletas.
-Aquí tienes, Francisco. -Buen provecho- e inclinándose le estiró la sábama, con lo que le deleitó de nuevo con la visión de sus encantos.
-Cuando termine de atender a todos los pacientes, vendré a ver si todo te va bien, al mismo tiempo te acompañaré un rato, Francisco.
Pasó una hora o dos cuando entró en la habitación la enfermera y le preguntó:
-¿Qué tal, como te va?
-Bien, señorita. Muchas gracias por venir a acompañarme, aunque sean sólo unos minutos.
La enfermera se sentó en la cama a su lado y tomándole de la mano le hablaba suave y dulcemente.
Pancho le fue contando lo que le había pasado. De los ojos de la enfermera se desprendía mucho amor y compasión por el enfermo.
Así estuvieron un buen rato hasta que la enfermera se despidió.
Está demás decir que Pancho soñó con ella. Dieron juntos relajantes paseos a orillas de la costa, pasó el tiempo hablando y mirando dentro de sus corazones . Ya al anochecer, debajo de unas frondosas palmeras a orillas del lago encantado soñaron y realizaron un vuelo mágico hasta dejar atrás las últims estrellas del inmenso e incomensurable universo.
miércoles, 6 de agosto de 2008
Volverse humano
Si observas de cerca a los seres humanos en el mundo actual te das cuenta de que no son humanos. No actúan como seres humanos. Si un ser humano actúa correctamente, entonces él o ella se convierte en un verdadero ser humano. Momento tras momento, ¿qué haces? ¿Cuál es tu dirección correcta? Momento tras momento, ¿cuál es tu vida correcta? ¿Cómo encuentras tu camino correcto? ¿Cómo salvas a todos los seres del sufrimiento?
Venimos a este mundo con las manos vacías. ¿Qué hacemos en este mundo? ¿Por qué hemos venido a este mundo? Este cuerpo es algo vacío. ¿Qué es esta cosa que lleva este cuerpo de un lado a otro? ¿De dónde vino? Debes entender esto, debes encontrar esto. Así que si quieres encontrar esto debes preguntarte a ti mismo: "¿Qué soy?" Siempre mantén esta gran pregunta. El pensamiento debe desaparecer. Debemos quitar todo nuestro pensamiento, cortar nuestros pensamientos. Entonces nuestro verdadero ser aparece, entonces nuestra mente verdadera aparece...
¿Cuánta gente quiere de verdad practicar en este mundo? Mucha gente no practica nada, luchan día y noche, y ejercitan su deseo, su ira, su ignorancia. Cuando pierdas tu cuerpo, entonces no tendrás nada que puedas llevarte contigo. Cuando este cuerpo desaparezca, ¿qué te llevarás contigo? ¿Qué harás? ¿A dónde irás? No lo sabes ¿verdad? Si este "no-saber" es claro, entonces tu mente es clara, entonces también el lugar a donde vas es claro. Entonces comprendes tu trabajo, entiences por qué has nacido en este mundo. Entiendes qué haces en este mundo. Cuando entiendes esto puedes convertirte en un ser humano.
Maestro Zen Seung Sahn
Camino al hospital
La habitación estaba oscura, puesto que las ventanas estaban cerradas. Pancho estaba sumido en sus pensamientos. Él no se encontraba tan mal, pensaba él, como había dicho el doctor: estaba todo dolorido, con aftas en la boca, llagas en la cara de las biopsias que le habían realizado, todo el cuerpo hinchado y con altas temperaturas.
En ese momento entra su esposa con algunas cuñadas y manifiesta que había ido a hablar con el director de la clínica. Ésta le había dicho que iba a presentar una denuncia por el descontrol que había en el servicio de enfermeras, en la de los médicos que después de tanto tiempo no habían determinado cuál era su enfermedad y también por la falta de aseo en la habitación y en el servicio.
El director le había contestado:
- Si usted denuncia eso yo informaré que su marido tiene sida.
Ante esta contestación su señora quedó perpleja y se fue rápidamente a hablar con el médico.
-Sr doctor, exijo que traslade inmediatamente a mi marido al hospital.
El médico, después de pensarlo brevemente le contestó:
-¿A cuál quiere ir, al Hospital Insular o a la Clínica del Pino?
-Al Hospital Insular, por favor
Inmediatamente solicitaron el servicio de una ambulancia.
Preparon la ropa y otros útiles que se encontraba en la habitación de la Clínica San Roque y lo trasladaron al Hospital Insular.
El recorrido fue corto, pero Pancho tuvo oportunidad de observar el trayecto hasta llegar a la Avenida Marítima, el inmenso océano Atlantico, el cielo azul, el césped y árboles que bordean la carretera, los cientos de coches que corrían raudos hacia el sur o que volvían a la ciudad.
Pronto llegaron al Hospital, le ubicaron en una habitación individual.
Una enfermera se presentó y le dijo a Pancho que le harían algunas pruebas esa noche y junto a los resultados que traía de la clínica el equipo de Reumatología las estudiaría y esperaban que por la mañana podrían determinar qué patología le aquejaba.
Y con esa esperanza, después de estar tantos días sin saber qué le sucedía, se quedó dormido.
En ese momento entra su esposa con algunas cuñadas y manifiesta que había ido a hablar con el director de la clínica. Ésta le había dicho que iba a presentar una denuncia por el descontrol que había en el servicio de enfermeras, en la de los médicos que después de tanto tiempo no habían determinado cuál era su enfermedad y también por la falta de aseo en la habitación y en el servicio.
El director le había contestado:
- Si usted denuncia eso yo informaré que su marido tiene sida.
Ante esta contestación su señora quedó perpleja y se fue rápidamente a hablar con el médico.
-Sr doctor, exijo que traslade inmediatamente a mi marido al hospital.
El médico, después de pensarlo brevemente le contestó:
-¿A cuál quiere ir, al Hospital Insular o a la Clínica del Pino?
-Al Hospital Insular, por favor
Inmediatamente solicitaron el servicio de una ambulancia.
Preparon la ropa y otros útiles que se encontraba en la habitación de la Clínica San Roque y lo trasladaron al Hospital Insular.
El recorrido fue corto, pero Pancho tuvo oportunidad de observar el trayecto hasta llegar a la Avenida Marítima, el inmenso océano Atlantico, el cielo azul, el césped y árboles que bordean la carretera, los cientos de coches que corrían raudos hacia el sur o que volvían a la ciudad.
Pronto llegaron al Hospital, le ubicaron en una habitación individual.
Una enfermera se presentó y le dijo a Pancho que le harían algunas pruebas esa noche y junto a los resultados que traía de la clínica el equipo de Reumatología las estudiaría y esperaban que por la mañana podrían determinar qué patología le aquejaba.
Y con esa esperanza, después de estar tantos días sin saber qué le sucedía, se quedó dormido.
martes, 5 de agosto de 2008
Una foto en mi retina
Tengo una foto en mi retina de los paseos por los caminos marcados por la hierba y por las flores silvestres. Una vez pasada la casa de Manolito Catana nos introducíamos en un vergel que aún perdura en nuestra mente y en nuestro corazón.
El olor a tierra húmeda, después de una lluvia fina y pertinaz nos llegaba al alma. Los colores de los árboles y plantas se volvían más verdes, más brillantes, más acogedores. Son sensaciones y sentimientos que aún perduran en nuestro espíritu.
Corríamos por esos caminos, o jugábamos con nuestros carros fabricados con materiales de deshecho. Siempre contentos de disfrutar de la compañía de los amigos en tan excelsa belleza natural.
Nuestra casa era el campo, las paredes eran las montañas de nuestra Aldea, el techo era el cielo azul celeste y la puerta era el mar oceánico que nos acogía principalmente en vacaciones, donde disfrutábamos de la brisa marina, de la playa de las barquillas o del Puerto.
Quedaron muy atrás esas imágenes que nunca volverán, puesto que nuestros ojos dejaron de ser la cámara que todo lo observaba con total exactitud, pero nuestra mente rememora esos sentimientos inolvidables de nuestros primeros años de vida, hace unas cuantas decenas de años.
El olor a tierra húmeda, después de una lluvia fina y pertinaz nos llegaba al alma. Los colores de los árboles y plantas se volvían más verdes, más brillantes, más acogedores. Son sensaciones y sentimientos que aún perduran en nuestro espíritu.
Corríamos por esos caminos, o jugábamos con nuestros carros fabricados con materiales de deshecho. Siempre contentos de disfrutar de la compañía de los amigos en tan excelsa belleza natural.
Nuestra casa era el campo, las paredes eran las montañas de nuestra Aldea, el techo era el cielo azul celeste y la puerta era el mar oceánico que nos acogía principalmente en vacaciones, donde disfrutábamos de la brisa marina, de la playa de las barquillas o del Puerto.
Quedaron muy atrás esas imágenes que nunca volverán, puesto que nuestros ojos dejaron de ser la cámara que todo lo observaba con total exactitud, pero nuestra mente rememora esos sentimientos inolvidables de nuestros primeros años de vida, hace unas cuantas decenas de años.
Amor y odio
Hoy he tenido un encontronazo con otro ser tan imperfecto como yo. Nos acaloramos, discutimos y nos enojamos mucho.
¿Cómo es que llegamos a ese estado de inconsciencia, de perder la tranquilidad, la racionalidad y no poder resolver la disparidad de criterios sin llegar a esos términos?
Todo tiene un motivo: el querer tener razón a toda costa, el querer decir la última palabra, quizás el culpar al otro de nuestros males.
Cuando estemos en una situación tensa como ésa debemos pronunciar todas las veces que sea necesario la oración del peregrino: "Señor mío y Dios mío, ten misericordia de mí". De esa forma tomamos aire, nos tranquilizamos, priorizamos el amor y la estima por el otro. Así llegará la paz a nuestro corazón.
No queramos ganar en las discusiones o disputas, seamos humildes, de corazón generoso. Sembremos amor y recogeremos amor. No pensemos que el otro no tiene nunca la razón, que el otro es enemigo, no intentemos vencerlo con una o mil justificaciones.
Debemos buscar la tranquilidad de espíritu. No nos importe disculparnos, pedir perdón, explicar sin acritud nuestros puntos de vista, intentar que vuelvan las aguas al cauce del amor, de la comprensión.
Viviremos mucho más felices, con menos tensiones, preocupaciones y desamor.
La vida en amor y paz de espíritu es una vida de calidad. Vale la pena vivirla. La otra es la muerte del espíritu, el veneno en nuestra mente y la hiel en nuestro corazón.
¿Cómo es que llegamos a ese estado de inconsciencia, de perder la tranquilidad, la racionalidad y no poder resolver la disparidad de criterios sin llegar a esos términos?
Todo tiene un motivo: el querer tener razón a toda costa, el querer decir la última palabra, quizás el culpar al otro de nuestros males.
Cuando estemos en una situación tensa como ésa debemos pronunciar todas las veces que sea necesario la oración del peregrino: "Señor mío y Dios mío, ten misericordia de mí". De esa forma tomamos aire, nos tranquilizamos, priorizamos el amor y la estima por el otro. Así llegará la paz a nuestro corazón.
No queramos ganar en las discusiones o disputas, seamos humildes, de corazón generoso. Sembremos amor y recogeremos amor. No pensemos que el otro no tiene nunca la razón, que el otro es enemigo, no intentemos vencerlo con una o mil justificaciones.
Debemos buscar la tranquilidad de espíritu. No nos importe disculparnos, pedir perdón, explicar sin acritud nuestros puntos de vista, intentar que vuelvan las aguas al cauce del amor, de la comprensión.
Viviremos mucho más felices, con menos tensiones, preocupaciones y desamor.
La vida en amor y paz de espíritu es una vida de calidad. Vale la pena vivirla. La otra es la muerte del espíritu, el veneno en nuestra mente y la hiel en nuestro corazón.
domingo, 3 de agosto de 2008
Los médicos opinan, pero no hay diagnóstico
La estancia en la Clínica se prolongaba más tiempo del que Pancho esperaba. Él se encontraba bastante mal, con muchos dolores y todo el cuerpo ya hinchado como un globo.
Los compañeros de su trabajo lo iban a visitar. Él se daba cuenta por sus caras que no le encontraban nada bien.
Una vez que se marcharon se miró al espejo y se asustó al verse. Tenía llagas en la cara, demacrado y con muy mal aspecto.
Cuando llevaba cinco días ingresado el doctor Regalado le visitó para despedirse:
-Me marcho a EE UU a un congreso, estaré en ese país una semana, en mi ausencia me sustituirá el doctor Rebollo. Luego volveré a atenderle yo- dijo el doctor.
-No se preocupe- le contestó- cuando regrese ya estaré en mi casa.
-Ojalá- comentó el médico.
Pasaban los días y en vez de mejorar iba empeorando cada vez más.
El nuevo doctor seguía realizándole nuevas pruebas, pero no podía aún diagnosticar de qué enfermedad se trataba. Una vez le dijo a la familia que él creía que tenía sida, según los síntomas, y los resultados de la analítica.
Como Pancho escuchó el comentario del médico, cada noche se tomaba sus orines, que cuidosamente iba depositando en una botella, pues había leído que era un buen remedio para esa enfermedad.
Algunas veces le visitaron varios médicos, los cuales iban emitiendo su opinión de la patología que le aquejaba. No coincidían unos con otros.
Un día se presentó el doctor Rebollo y pidió hablar en privado con la esposa de Pancho.
-Señora, siento decirle que su esposo se encuentra muy mal. Vayan esperando lo peor. No creo que dure mucho ya.
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