Bankei era un maestro genial, pero era un hombre ordinario.
En una ocasión Bankei estaba trabajando en
su jardín. Llegó un buscador, un hombre que buscaba un maestro, y preguntó a
Bankei:
-Jardinero, ¿dónde está el maestro?
Bankei se rió y dijo:
-Espera. Atraviesa esa puerta, dentro
encontrarás al maestro.
El hombre dio la vuelta y entró. Vio a Bankei
sentado en un trono, era el mismo hombre que había visto fuera, o sea, el
jardinero.
El buscador preguntó:
-¿Estás tomándome el pelo? Baja de ese
trono. Lo que haces es sacrilegio, ¿es que no tienes respeto por tu maestro?
Bankei bajó, se sentó en el suelo y dijo:
-Bueno, ahora lo tienes difícil. No vas a
encontrar a ningún maestro por aquí, porque soy el Maestro.
Al hombre le resulta difícil ver que un
gran Maestro pudiera trabajar en el jardín, que pudiera ser ordinario. Se fue.
No pudo creer que aquel hombre fuera el Maestro; perdió su oportunidad.
Cuando uno supera el ego, deja de tener
miedo de “no ser nadie”.
Acepta ser lo que es en esencia y hace lo
que tenga que hacer con un amplio sentido de libertad.













