Anteayer asistí a un maravilloso concierto. El inmenso teatro se encontraba en total silencio. El escenario preparado desde hacía unas horas. Los focos a media luz para no desconcentrar al grupo que iba a actuar. Yo me encontraba en primera fila, ansioso por el tiempo de espera, por la grandeza del momento, por la majestuosidad del lugar.El escenario tenía como fondo unos enormes árboles nativos, con unas copas tan altas que acariciaban a la Luna, que estaba en cuarto menguante, y a los planetas Venus y Júpiter, que se encontraban en conjunción, muy cerca el uno del otro, y junto con la Luna formaban un triángulo isósceles en el nítido cielo estrellado.
De repente empieza el concierto. Primero suavemente, sólo unos pocos cantaban, mientras los otros observaban. Poco a poco subía el tono y la cantidad de voces que ascendían hasta perderse detrás de las más altas nubes. Emitían unos sonidos tan musicales, con tanta armonía, que quedamos prendados, nuestras almas vibraban con sus melodías.
Era el más grande concierto de pájaros que nunca había escuchado. En el silencio de la noche permanecimos largo tiempo escuchando, ellos no se cansaban de regalarnos sus canciones, sus solos, su magia.
Mi acompañante y yo les retribuimos con todo nuestro cariño y ellos, en agradecimiento, prometieron repetir el concierto al día siguiente.
Poco a poco se fueron apagando sus voces, pero no sus vibraciones positivas que todavía nos inundaban.
La Luna y los planetas se ocultaron detrás de las montañas, las estrellas se fueron a dormir y nosotros quedamos felices agradeciendo al Creador por tan maravilloso regalo en esta cálida noche de primavera.
Poco a poco se fueron apagando sus voces, pero no sus vibraciones positivas que todavía nos inundaban.
La Luna y los planetas se ocultaron detrás de las montañas, las estrellas se fueron a dormir y nosotros quedamos felices agradeciendo al Creador por tan maravilloso regalo en esta cálida noche de primavera.
Foto: Google








